Si este archivo adjunto contiene imágenes, no se mostrarán. Descargar el archivo adjunto original La Alucinación de Gylfi: diciembre 2005

22 diciembre 2005

...Y estamos de vuelta.

Y eso que había hablado de escribir menos y más a menudo. Porque lo dije (justo antes de soltar la parrafada más larga de éste blog, creo) haciendo evidente una vez más que no tengo remedio. Soy tan contradictorio que a veces discuto conmigo mismo mis propias decisiones. No sé si es un signo de locura o una muestra de incomparable tolerancia, pero a menudo me llevo la contraria. En voz alta. Es un poco desconcertante, pero no veas lo que entretiene en los semáforos.
En fin, el caso es que hemos vuelto, y a modo de compensación puedo contar en qué he estado tan ocupado. Se que resulta un tanto engreído por mi parte suponer que a alguien pudiera interesarle, pero uno es como es, y tiene una ilimitada confianza en el género humano y sus debilidades, entre las cuales el cotilleo es como el Reverso Tenebroso de la Fuerza: si en el Reverso Tenebroso caes, ya para siempre revistas semanales comprarás, que diría Yoda...
El caso es que he estado migrando de nuevo, es decir, una vez más, de mudanza.
De hecho, si lanzo la vista atrás, y a veces es duro hacerlo, llevo de mudanza toda mi vida. Siempre he estado en lugares donde era amado de una forma desaforada e irracional para ser de modo repentino sustituido en los afectos con una frialdad glacial. Stephen King escribió en alguna parte que tu hogar es aquel lugar donde están obligados a recibirte. Si es así, creo que nunca he tenido un hogar, porque nunca nadie se ha visto obligado a dejarme regresar. No sometería a nadie a tal prueba, sobre todo porque no parece que me hayan echado mucho de menos cuando no he vuelto. Preferiría morir solo en una roca batida por el viento antes que volver a mendigar aquello que nadie puede darte si no lo tiene para ti.
Así que nunca volví a la casa de mi infancia, excepto para enterrarlos y decirles que no importaba, que aunque sentía que en su corazón no cupiéramos todos, ellos siempre habían estado en el mío.
Nunca volví a la casa de mi adolescencia tampoco. Hay lugares de donde sólo se sale una vez, hay cosas que no deberían fallarle a uno jamás. No hay poder en el universo que haga a alguien sentir lo que no siente, por mucho que tú te esfuerces.
Hace cinco años, por razones que no vienen al caso -prometí ir acortando la extensión de este blogdesastre -mudé mi biblioteca, mis ordenadores y muchas de mis cosas a un estudio en la ciudad cercana alrededor de la que giran nuestras vidas. Moví algunas de las cosas que más me importan -he dicho cosas - a un piso viejo y encantador en el centro, a cincuenta pasos de la playa. No tenía cocina ni baño y parecía haber sido teletransportado desde el barrio más bombardeado de Sarajevo, pero estaba en el lugar adecuado y en el momento justo, y el alquiler era muy barato. Lo cual no es nada extraño, por otra parte. Deberían haberme pagado a mí por ocuparlo, qué demonios.
Me tuvo muy entretenido. Me construí una nueva forma de vivir, conocí a un montón de gente, frecuenté lugares nuevos, reuní lentamente algunos pedazos de mí mismo que se habían dispersado. Y sobre todo, me mantuve ocupado.

Soy un bricolero audaz y un tanto inconsciente -de eso también hablaremos en el futuro -y me empeñé en reconstruirlo. Lo bueno que tienen los edificios bombardeados es que de pronto casi todo vuelve a quedar por hacer, y puede uno darle forma a las cosas que tiene alrededor. Su forma, la que uno quiera. Pocas veces puedes hacer eso en estos tenebrosos tiempos de Ikea y prefabricados multimueble...
Pero sobre todo el piso sirvió a su propósito, y aunque todo el mundo me decía que era absurdo arreglar algo que no era mío y que algún día me quitarían, yo pensaba para mis adentros que la terapia que me ahorraba pensar en otras cosas martillo en mano me hubiera salido mucho más cara. Fue un refugio, un escondite, un lugar en el que estar. Hasta que me avisaron de que tiraban el edificio.
Mis cosas son así. He perdido dos teléfonos móviles, uno en un naufragio (de una zodiac, nada romántico tipo Titanic) y el otro cuando me caí al agua desde un velero tras haber resbalado en un bocadillo de jamón york y queso abandonado en cubierta. No podía perderlos en Carrefour, o que me los hubieran robado, no. Siempre tienen que ser cosas raras. Es mi sino, pero no acabo de acostumbrarme.
Del mismo modo, no podían echarme del piso porque se les casara un hijo, o porque se me acabara el contrato, o por no pagar. No. Tenían que tirar el puto edificio.
No obstante, hay algo casi romántico en el hecho en sí mismo, y una cierta justicia poética en la seguridad de que nadie disfrutaría lo que había reconstruido para mí. Y de pronto me dí cuenta de que había que moverse otra vez, y ya no recuerdo cuantas van.
De modo que volví al lugar donde nunca había dejado de vivir, la vieja casa de piedra a unos kilómetros de la ciudad, que se va derrumbando por un extremo mientras yo apenas acierto a reconstruirla por el otro. Es un lugar apartado, en un valle un tanto oscuro, lleno de contrastes y belleza perdida. Hay un montón de espacio disponible, pero también mucho frío, y está lejos de las luces cálidas de las calles y los cafés y los ruidos del tráfico, y sin embargo a sólo quince minutos de todo ello.
Me llevó meses moverlo todo de nuevo. No me sobraba el dinero para contratar una empresa de mudanzas, y tampoco me urgía tanto el desalojo (al final tardaron más de un año en derribarlo). No me gusta molestar a los amigos más de lo imprescindible, y aunque al final tuve que echar mano de alguno -siempre acuden al rescate cuando es necesario -fui cambiando las cosas de sitio, al tiempo que empezaba a preparar el nuevo lugar donde colocarlas, lo que significaba obras, cañerías, pintura, la búsqueda desesperada de un forma de calentar un espacio enorme de techos altísimos y todo ello mientras los libros, las bolsas, los armarios, las herramientas, los muebles y todo lo demás iba siendo amontonado.


Invadí habitación tras habitación, comedor tras comedor, incluso la cocina. Hasta tocar techo. Literalmente el de las habitaciones llenas a rebosar de muebles, libros, ordenadores y cajas; moralmente el de vivir disperso, sin encontrar mis cosas, en medio del caos más absoluto y con el desorden impidiéndome literalmente tener un poco de paz.
Hace mes y medio decidí que no aguantaba más y que tenía que dedicar cada momento libre a volver e tener un poco de orden, a encontrar mis cosas, a dejar de sentirme en medio de ninguna parte, en perpetuo estado de precariedad, con un pie aquí y otro no se sabe dónde. Tenía que terminar algo de una vez, y empezar a sentirme de nuevo en casa en alguna parte, reconstruir una cierta comodidad, darle la vuelta a las sillas y respirar.
Y eso he hecho. Me he pasado este ultimo mes y medio pintando, midiendo, barnizando, soldando, lijando... con algunas pausas de vez en cuando para respirar. Y a la vuelta del curro, cada día, dejaba a un lado este aparato y recuperaba ese viejo vicio que me ha acompañado toda mi vida de ver qué demonios podía hacer con mis manos que antes no estuviera ahí. Algo que añadiera al mundo una pizca de utilidad y alguna belleza. Por poca que fuera.
Y ya falta poco.
Por lo demás, oh, sí, la Navidad se acerca, y probablemente haya una felicitación aquí en la noche de marras, y además prometo -esta vez en serio -escribir más a menudo, y ser más breve, aunque me cuesta acostumbrarme. Y he suprimido los títulos shakespereanos, ya que nadie parecía apreciarlos, pero las referencias volverán, porque no puedo evitarlo. Y hemos añadido una nueva canción para descargar, una canción que me encanta y que no entiendo qué coño dice, porque no hablo lenguas bárbaras, pero sé que habla de los amigos, y como da la casualidad de que es una de las pocas cosas en las que he tenido suerte en esta vida, pues ahí está.
La helada ha convertido la hierba en un fantasma crujiente, los bordes de los bosques están blancos, como una ilustración de cuento, y el mar es de un azul tan intenso que hiere los ojos. Es un hermoso día soleado de invierno, aunque el aire corta.
Disfrutadlo.
Vuestro, afectuosamente

Skalagrim

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